Desperté antes de todos mis nombres,
cuando aún la luz no había elegido
en qué ventana caer y renacer.
Traía conmigo una llave de versos,
el duelo de un hombre sin rostro
y la certeza de haber enterrado
algo que todavía respira.
No era un sueño.
Los sueños dejan ceniza en los párpados.
Esto, en cambio, latía y clamaba
detrás de mis alucinaciones,
como un animal que conoce mi sangre.
Recordaba una casa sin espacios:
sus corredores descendían
hacia una habitación donde alguien
escribía mi vida con tinta invisible.
Afuera, los árboles guardaban silencio.
Los relojes marcaban la misma hora:
la hora en que las puertas se abren
en una casa que nadie imaginó.
Entonces una voz,
no sé si nacida de mis abismos,
pronuncia los verbos de la distancia.
Desde entonces camino con cautela.
Cada sombra puede estar llena de señales,
llena de los sobrevivientes
de aquella vida que llevo conmigo.
Y en algunas noches,
cuando el mundo se vuelve tan frágil
como un vaso en manos de una sombra,
siento que alguien me descubre y olvida que existo.
Rolando del Pozo
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