miércoles, marzo 25, 2026

El futuro

El futuro no es una línea:

es un círculo que me dispersa y me contiene

y del que intento escapar desde antes de nacer.


Sé que en alguna voz —tal vez ahora, tal vez nunca—

hay una versión de mí que lee estos versos

y sospecha que los escribió en otro sueño,

en otro orden del tiempo,

como quien encuentra su propia sombra

firmada por un desconocido.


El porvenir me observa desde un cristal sin voz.

No refleja mi rostro:

refleja lo que podría ser

si alguna vez pronunciara los presentes correctos,

esos que abren puertas en pasillos infinitos

donde cada elección se bifurca

y engendra un nuevo amanecer.


He caminado sus corredores silenciosos

y he descubierto que no avanzan:

se repiten.

Todo destino es un laberinto

que finge ser camino.

Todo camino sabe que me miente.


Aun así, el futuro insiste en convocarme.

A veces se presenta como un libro cerrado

cuyo título cambia cada vez que lo miro;

otras, como el eco de una imagen

que luce mis manos que ahora tiemblan.


Quizás el tiempo es sólo esto:

la distancia entre mis delirios y mi memoria.

Quizás todo ya ocurrió

y cada instante es un pasado que se repite al infinito.


Y, sin embargo, sigo andando,

como quien busca la salida

sabiendo que la salida es también una entrada,

y que en alguna esquina del porvenir

me espera mi propio comienzo, paciente,

eterno, escribiéndome.


Rolando del Pozo

jueves, marzo 12, 2026

Casa de voces

En la casa donde tu voz aprendió mi nombre

hay un espejo que respira detrás de la pared.

Un espejo viejo que recuerda las caras

de todos los que te han llenado de pausas

desde antes de que la lluvia aprendiera a caer.

 

Refleja a un chaval de un pueblo de polvo amarillo

donde las horas olían a dolores abiertos por el sol.

 

Allí, en esa casa de voces, he dejado mis pasos

como si fueran pájaros cansados

que regresan cada tarde al mismo árbol,

aunque el árbol haya sido talado hace cien años.

 

Aquí, el tiempo se derrama lentamente

desde un cántaro invisible.

 

¿Quién pronuncia tu nombre cuando duermo?

¿Quién recoge las cenizas del día

y las guarda en los bolsillos de la madrugada?

 

Y tú apareces de repente,

como esas lluvias inesperadas de agosto

que hacen que mis sombras se multipliquen.

 

Y entonces comprendo

que este amor es una cosa extraña:

un viento tibio que abre las ventanas

de las casas donde ya no vive nadie.

 

Rolando del Pozo