viernes, junio 26, 2026

El espejo

Tú, mi doble de reflejos infinitos,

hermano de relámpago y de niebla,

¿desde qué otra dimensión del tiempo

me miras con esos ojos que fueron míos en otro espejo?


Dime, ¿dónde quedó el muchacho salvaje

que olía a manzanas y a tormenta,

el que corría descalzo por los huertos del mundo

con la boca llena de besos y de tierra?

Yo lo busco entre mis huesos,

pero tú me devuelves una imagen de sombras añejas,

un simulacro de hombre que repite, en otro laberinto,

la misma historia circular.


Me acerco. 

Mi aliento empaña tu frontera como niebla sobre un mapa infinito.

Eres cruel, compañero de reflejos y de sueños,

porque me muestras el horror y la maravilla:

que tengo miedo a ser feliz,

porque la felicidad es un instante breve que se repite eternamente

y yo aprendí a perderme en los senderos que la bifurcan.


¿Quién eres tú, espejo de mi tierra y de mi olvido,

sino el otro yo, el mismo yo, el que está por existir,

el testigo que no miente porque tiene todos mis nombres 

y ninguno?


Y cuando me aparto,

quedas tú, sonriendo con mis muecas lentas.

Yo me quedo con los escalofríos y los deseos,

con un poema que late en la oscuridad

esperando ser recitado en otro reflejo, con otra voz.


Rolando del Pozo

sábado, junio 20, 2026

El tiempo

Esta noche hablé con el tiempo.


Tenía el olor del ayer después de la lluvia,

la sal de los océanos que atraviesan los siglos,

y una tristeza antigua

como la de las estrellas que viajan hacia nosotros

llenas de un cielo ya extinguido.


Se sentó frente a mí,

entre un espejo y una sombra.


Entonces sentí que algo temblaba en mi sombra:

los árboles, las mareas,

las manos que amamos y perdemos,

el pan compartido sobre una mesa humilde,

las hojas que caen sin saber que obedecen

a una ley más antigua que el viento.


El tiempo abrió ante mí una mirada infinita,

pero también un jardín.


Entre sus visiones crecían rosas invisibles,

y cada alucinación guardaba un verano, 

un beso olvidado,

una tarde dorada sobre la piel del mundo.


Antes de irse,

mi visitante señaló el espejo.


Vi allí a un hombre que acariciaba el tiempo,

rodeado por el rumor del mar,

por los lamentos,

por las sombras de quienes había amado.


Y comprendí que el enigma no era el tiempo.


Era esa obstinación del alma

que recoge fragmentos de eternidad

en una rosa, en una memoria,

en una mirada que persiste impoluta. 


Rolando del Pozo

martes, junio 09, 2026

Frontera de humo

He llegado otra vez al confín donde las sombras

intercambian sus nombres con las aguas del sueño.


No sé si regreso desde un cuarto perdido en la memoria

o desde la lenta respiración del destino.


Las puertas estaban abiertas.


Detrás de cada una ardía una escena olvidada:

un niño recogía los fragmentos de una voz extinguida,

un anciano tejía con hilos de niebla

las fechas que jamás ocurrieron.


Entonces crucé.


La memoria se volvió un bosque de espejos sumergidos.

Los rostros que amé emergían y desaparecían.


Y el sueño extendió su reino.


Sus pájaros tenían alas hechas de relojes rotos.

Sus jardines florecían hacia abajo,

hacia las raíces del cielo.


Más allá esperaba el destino.


No era una sentencia grabada en las piedras.

Era una vasta habitación vacía

donde todas mis vidas giraban alrededor del tiempo.


Allí vi al que fui,

al que seré,

al que nunca alcanzará la orilla del tiempo.


Y comprendí que ninguno conocía el final.


Porque el destino no era una escritura.

Era la mano que aún estaba escribiendo.


Desde entonces camino acompañado.


A veces me escucho detrás de mí.

A veces delante de las versiones de mi voz,

que me esperan.


Y entre ambos rumores,

arde esta certeza:


que somos viajeros en un reino sin fronteras,

huéspedes de una noche que nos sueña,

y que toda vida no es más que el instante

en que la memoria recuerda el futuro

mientras el destino sueña nuestro nombre.


Rolando del Pozo