jueves, abril 09, 2026

Allí donde Ambos Respiran

A veces creo que el bien nació del mal,

como una brasa ardiendo en la última noche,

como una voz tibia que brota del ardor.


Tal vez surgió en un pliegue del tiempo,

donde la sombra guarda su cofre de causas perdidas,

y un designio antiguo —más vasto que el horizonte—

torció la senda de lo oscuro

hasta convertirlo en el fruto inesperado de la luz.


Nada permanece entero:

ni el puñal, ni la mano,

ni la memoria del que sueña,

ni el cuerpo del soñado.

Todo se mueve en el álito profundo del universo,

una marea que asciende y desciende

trayendo a la orilla sus metamorfosis,

su sal, su latido inevitable.


He visto al mal desdoblarse,

abrir su geometría secreta

y revelar una llama pequeña,

dócil como el pulso de un recién nacido.

He visto al bien desvanecerse en el aire,

deshecho como el polen que se va

sin recordar de qué árbol vino.


La vida avanza como un sueño que madura,

como una fruta que se enciende lentamente,

mientras caminamos dentro de ella

respirando su fragancia incierta.


El mal se pliega sobre sí

y se transmuta,

como la noche que se vuelve amanecer

aunque no lo anuncie ninguna sombra.


Y yo,

extraviado en la frontera donde ambos respiran,

avanzo con el pecho abierto,

sabiendo que esta vida es un eco,

un soplo que atraviesa la tierra

y se enciende como un secreto interminable

donde todo final se abre, silencioso,

hacia otro principio vestido de oscuridades.


Rolando del Pozo

viernes, abril 03, 2026

El rumor de un verso

Yo,

el que avanza indivisible en el tiempo,

he vuelto a encender —con estas manos de ceniza—

la brasa de un sueño que llama mis primeras sombras.


A veces despierto en el rumor de un verso perdido:

es la voz doblándose sobre sí misma,

es el viento que insiste en pronunciar tu nombre,

es el deseo, ese fuego temeroso,

respirando en mi pecho como un animal herido.


Me observo en mis multiplicados desvarios:

reflejos sin versos, destellos sin voz,

la silueta de un hombre que cruza tus pliegues

buscando la grieta exacta donde te escondes.

Allí —donde el silencio abre sus alas—

escucho las voces que te persiguen

como pájaros de luz suspendidos en un abismo.


Yo sé que no camino solo.

Me siguen tus sombras que conocen mis voces,

mares que llegan hasta mí con su sal de presagio,

y también ese rumor del universo

que se acomoda alrededor de mis latidos dispersos.

Entonces la vida se vuelve una trampa,

una señal trazada a contraluz,

una brújula que apunta simultáneamente

al origen y al dolor de tus piernas.


Y aun así sigo.

Cruzo amaneceres que tiemblan en tus candores,

recojo los pétalos de tus días que caen

como hojas arrancadas de un libro que nadie escribió.


Quizá mañana despierte de esta vigilia interminable,

o quizá sea yo quien se disuelva pausado

mientras tu aliento —esa voz sin centro—

encuentra en mi nombre un refugio,

como un fruto que vuelve a su rama,

como el espacio final que por fin comprende

el silencio que lo sostiene y multiplica.


Rolando del Pozo

miércoles, marzo 25, 2026

El futuro

El futuro no es una línea:

es un círculo que me dispersa y me contiene

y del que intento escapar desde antes de nacer.


Sé que en alguna voz —tal vez ahora, tal vez nunca—

hay una versión de mí que lee estos versos

y sospecha que los escribió en otro sueño,

en otro orden del tiempo,

como quien encuentra su propia sombra

firmada por un desconocido.


El porvenir me observa desde un cristal sin voz.

No refleja mi rostro:

refleja lo que podría ser

si alguna vez pronunciara los presentes correctos,

esos que abren puertas en pasillos infinitos

donde cada elección se bifurca

y engendra un nuevo amanecer.


He caminado sus corredores silenciosos

y he descubierto que no avanzan:

se repiten.

Todo destino es un laberinto

que finge ser camino.

Todo camino sabe que me miente.


Aun así, el futuro insiste en convocarme.

A veces se presenta como un libro cerrado

cuyo título cambia cada vez que lo miro;

otras, como el eco de una imagen

que luce mis manos que ahora tiemblan.


Quizás el tiempo es sólo esto:

la distancia entre mis delirios y mi memoria.

Quizás todo ya ocurrió

y cada instante es un pasado que se repite al infinito.


Y, sin embargo, sigo andando,

como quien busca la salida

sabiendo que la salida es también una entrada,

y que en alguna esquina del porvenir

me espera mi propio comienzo, paciente,

eterno, escribiéndome.


Rolando del Pozo

jueves, marzo 12, 2026

Casa de voces

En la casa donde tu voz aprendió mi nombre

hay un espejo que respira detrás de la pared.

Un espejo viejo que recuerda las caras

de todos los que te han llenado de pausas

desde antes de que la lluvia aprendiera a caer.

 

Refleja a un chaval de un pueblo de polvo amarillo

donde las horas olían a dolores abiertos por el sol.

 

Allí, en esa casa de voces, he dejado mis pasos

como si fueran pájaros cansados

que regresan cada tarde al mismo árbol,

aunque el árbol haya sido talado hace cien años.

 

Aquí, el tiempo se derrama lentamente

desde un cántaro invisible.

 

¿Quién pronuncia tu nombre cuando duermo?

¿Quién recoge las cenizas del día

y las guarda en los bolsillos de la madrugada?

 

Y tú apareces de repente,

como esas lluvias inesperadas de agosto

que hacen que mis sombras se multipliquen.

 

Y entonces comprendo

que este amor es una cosa extraña:

un viento tibio que abre las ventanas

de las casas donde ya no vive nadie.

 

Rolando del Pozo

 

 

miércoles, febrero 25, 2026

Jardín y laberinto

Esta noche no pronuncio su nombre.

Nombrarla sería fijarla en una melodía,

y ella pertenece más bien a una voz

que se discierne y se pierde en luces.

 

Hay una mujer que traspasa mi sangre

como un antiguo augurio.

No sé si la amo ahora

o si la he amado siempre,

en otros corredores del tiempo

donde mi rostro fue desigual

y mi voz apenas un murmullo.

 

A veces pienso que la he inventado,

que es la cifra secreta de mi deseo,

la metáfora que el universo eligió

para revelarme su misterio.

Pero luego la veo —real, irrevocable—

y toda ideología se derrumba

como una sombra incendiada por el alba.

 

Su risa abre una grieta en la tarde

y por esa grieta surge un infinito.

En sus ojos hay un jardín que no termina,

un laberinto donde cada sendero

conduce al mismo fondo:

la revelación de su rostro.

 

Amarla es aceptar el misterio

de no comprenderla del todo.

Es saber que en cada caricia

se oculta una distancia sagrada,

una frontera invisible

que preserva su secreto.

 

Quizá el amor sea esto:

un espejo enfrentado a otro espejo,

reflejándose hasta el vértigo.

O tal vez sea un libro que se escribe solo

con páginas de sombra y de fuego.


Rolando del Pozo