He llegado a tu adiós como se llega al fin del mundo,
con una verdad quemándome las manos
y un silencio que huele a mar detenido.
Sé que bastaría un susurro
para que te regresaran los días intacta,
como fruta recién cortada del tiempo.
Pero este adiós es un destino sin regreso
que se cumple incluso en mis temblores;
una puerta que se cierra sola
con el viento de lo irrevocable.
Te dejo en la mesa
las últimas palabras que no nos dijimos,
palpitando todavía,
como ardores que desconocen tu orilla.
Y dejo también mi sombra,
que se aferra a la nada
con la ternura desesperada
de una raíz que no se suelta.
Hoy entiendo
que perder es una forma de arder sin que nadie lo vea,
que la memoria es un faro
encendido en la tormenta,
y que tu ausencia,
esa alucinación obediente,
encenderá su luz en mis noches más largas.
Me voy.
Camino hacia un horizonte que sabe a noche ajena,
donde el cielo ya ha aprendido tus formas
y las repite sin descanso.
Si piensas en mí algún día,
piensa así:
como se piensa en una luz que fue casa,
en una voz que fue abrigo,
en un breve incendio
que aún ilumina su ceniza.
Rolando del Pozo