Te escribo desde la habitación donde las lámparas
han olvidado los nombres de la ausencia.
No sé a qué reino pertenece ahora tu silencio.
Quizá eres la respiración de un verso,
la sombra que sostiene a los árboles
cuando la noche se desprende del cielo.
He doblado esta carta
con la paciencia de quien envuelve una reliquia.
La entregué al viento,
al misterio que recuerda todos los rostros,
al animal invisible lleno de luces
que atraviesa mis sueños sin dejar huellas.
Te pregunté lleno de temores
si la muerte era una puerta
o apenas otra dimensión
donde el tiempo se contempla a sí mismo.
Entonces llegó tu respuesta.
La encontré escrita
en el revés de mi propia respiración,
en la ceniza intacta de mis horas,
en el temblor con que una llave
reconoce una casa que ya no existe.
Desde entonces te escribo con la tinta
que aprende a deshojarse
como una flor aprende otro idioma.
Porque mis cartas conocen,
antes que mi mano,
la dirección secreta de mis ausentes.
Y comprendo
que toda respuesta, espera desde siempre,
en mis secretos plenos de amaneceres,
en el otro lado de mis versos llenos de tu sombra.
Rolando del Pozo