Hay una casa que construyó tu ausencia
con madera de noche y polvo de memoria.
Entro en ella cuando se caen mis voces
y todavía encuentro tu angustiada sombra
sentada junto a la ventana contando estrellas.
He querido cerrar sus envejecidas puertas,
pero el viento conoce tu nombre de luces
y vuelve testarudamente a abrirlas.
Quizá nunca te perdí.
Quizá fuiste esa forma irrepetible del tiempo
que alguna vez tuvo tu enardecido cuerpo,
esa pequeña eternidad
que ardía lentamente entre mis manos.
Ahora camino por tus habitaciones
como quien atraviesa un bosque después del incendio:
todo está terriblemente quieto,
pero debajo del pasto quemado
algo sigue multiplicandose.
A veces pronuncio tu nombre
y la noche se llena de voces disueltas.
Entonces comprendo
que la memoria no es un espejo:
es un mar oscuro
donde lo perdido sigue encallándose.
No quiero que te ausentes.
Pero tampoco sé
qué significa que te quedes.
Por eso habito esta casa,
esta lenta morada llena de silencios,
donde cada pared guarda una sombra
y cada sombra guarda una pregunta.
Y allí, donde nadie puede verte,
sé que sigues respirando.
Rolando del Pozo