Yo,
el que avanza indivisible en el tiempo,
he vuelto a encender —con estas manos de ceniza—
la brasa de un sueño que llama mis primeras sombras.
A veces despierto en el rumor de un verso perdido:
es la voz doblándose sobre sí misma,
es el viento que insiste en pronunciar tu nombre,
es el deseo, ese fuego temeroso,
respirando en mi pecho como un animal herido.
Me observo en mis multiplicados desvarios:
reflejos sin versos, destellos sin voz,
la silueta de un hombre que cruza tus pliegues
buscando la grieta exacta donde te escondes.
Allí —donde el silencio abre sus alas—
escucho las voces que te persiguen
como pájaros de luz suspendidos en un abismo.
Yo sé que no camino solo.
Me siguen tus sombras que conocen mis voces,
mares que llegan hasta mí con su sal de presagio,
y también ese rumor del universo
que se acomoda alrededor de mis latidos dispersos.
Entonces la vida se vuelve una trampa,
una señal trazada a contraluz,
una brújula que apunta simultáneamente
al origen y al dolor de tus piernas.
Y aun así sigo.
Cruzo amaneceres que tiemblan en tus candores,
recojo los pétalos de tus días que caen
como hojas arrancadas de un libro que nadie escribió.
Quizá mañana despierte de esta vigilia interminable,
o quizá sea yo quien se disuelva pausado
mientras tu aliento —esa voz sin centro—
encuentra en mi nombre un refugio,
como un fruto que vuelve a su rama,
como el espacio final que por fin comprende
el silencio que lo sostiene y multiplica.
Rolando del Pozo