Trazo un rito
como quien traza un laberinto en tus piernas,
no para salir del tiempo,
sino para hundir las manos en él.
Sobre la mesa de madera,
esa que aún huele a pan:
un retrato sueña que me sueña,
un libro infinito contiene mis voces y ninguna,
y un poema con tu nombre respira mojado.
Trazo tus círculos con ceniza de amapolas.
Adentro cabe un siglo, afuera no cabe el olvido.
Pronuncio las sílabas que aprendí antes de besarte,
las que susurran regresos en tiempos reversos;
las digo con la boca de un verso enamorado,
con la lengua que ha probado tus distancias.
Quiero tocar lo intocable de tus besos,
quiero dibujarte en siluetas de versos:
con hambre, con locura, con ternura.
Oh tú, la que no tiene bordes ni cadera,
la que ni el amor pudo imaginar.
Déjame alcanzarte no con plegarias,
sino con lo más oscuro y sagrado que tengo:
estos labios partidos por el invierno,
estas manos de trabajador de lo invisible,
este corazón que teje y desteje bajo la tierra.
He encendido una vela negra y otra roja.
He puesto mi cuerpo vacío sobre el altar,
no como ofrenda, sino como lecho.
Y si fracasa el rito, que fracase lleno de ti,
como fracasa el río contra el mar,
como fracasa mi boca en tu ausencia,
llena de segundos intocables y pasados eternos.
Rolando del Pozo