Anoche desperté en otro cuerpo.
No era extraño: tenía mis manos,
la antigua cicatriz de la tristeza,
y ese temblor de noche bajo la lluvia
que alguna vez confundí con mi alma.
Frente a mí, un ser encendía una lámpara.
Tenía mis ojos, pero miraba lejos,
hacia una ciudad cubierta por la nieve
donde nunca viví, donde acaso fui
una sombra que se disolvió en sueños.
No hablamos.
Entre los dos había demasiados años.
Sobre la mesa, una fruta abierta
derramaba su oscuro corazón,
y el tiempo, como un pájaro herido,
respiraba debajo de las alfombras.
Afuera pasaban los años llenos de versos.
Un niño corría sediento detrás de ellos,
llevando entre sus manos una voz apagada.
Quise llamarlo por mi nombre,
pero el nombre cayó de mi boca
como una piedra en un pozo sin fondo.
Tal vez somos dos distantes orillas
de un mismo sueño que nos recuerda.
Tal vez nacemos muchas veces
y cada nacimiento borra al anterior,
dejando apenas esta sed inexplicable
de volver a una casa que nunca persiste.
Ahora miro mis manos a contraluz.
Parecen las mismas, pero no confío en ellas.
Hay otra vida temblando debajo de la piel,
y en algunas noches, desde un diverso tiempo,
se atreve a pronunciar mis nombres
como si fuera él quien me recuerda.
Rolando del Pozo