domingo, agosto 16, 2026

La morada del duelo

Hay una casa que construyó tu ausencia
con madera de noche y polvo de memoria.
Entro en ella cuando se caen mis voces
y todavía encuentro tu angustiada sombra
sentada junto a la ventana contando estrellas.

He querido cerrar sus envejecidas puertas,
pero el viento conoce tu nombre de luces
y vuelve testarudamente a abrirlas.

Quizá nunca te perdí.
Quizá fuiste esa forma irrepetible del tiempo
que alguna vez tuvo tu enardecido cuerpo,
esa pequeña eternidad
que ardía lentamente entre mis manos.

Ahora camino por tus habitaciones
como quien atraviesa un bosque después del incendio:
todo está terriblemente quieto,
pero debajo del pasto quemado
algo sigue multiplicandose.

A veces pronuncio tu nombre
y la noche se llena de voces disueltas.
Entonces comprendo
que la memoria no es un espejo:
es un mar oscuro
donde lo perdido sigue encallándose.

No quiero que te ausentes.

Pero tampoco sé
qué significa que te quedes.

Por eso habito esta casa,
esta lenta morada llena de silencios,
donde cada pared guarda una sombra
y cada sombra guarda una pregunta.

Y allí, donde nadie puede verte,
sé que sigues respirando.

Rolando del Pozo

sábado, agosto 08, 2026

El inquilino

Habito este país sin haber firmado ningún pacto,
sin conocer sus leyes ni el nombre de sus dioses,
sin saber por qué sangra cuando la luna lo ordena
o por qué tiembla ante la proximidad de la luz.

Llevo años recorriendo estos pasillos que no elegí,
estos cuartos oscuros donde algo late sin descanso,
este sótano húmedo donde se fermentan los miedos
y este ático de huesos que cruje cuando no sueño.

Oh cuerpo, territorio de mareas y de sales,
país que no pedí y que sin embargo me acogió,
te he recorrido entero como se recorre un misterio
sin encontrar la orilla donde empieza lo que soy.

Sucede que me canso de ser este que sangra,
este que tiene hambre y frío y colecta cicatrices,
este que lleva el peso de una historia que no escribió
y amanece en un cuerpo que me queda como ropa ajena.

A veces me asomo al espejo buscando al habitante,
al verdadero dueño de esta casa que me respira,
y encuentro solamente un extraño que me mira
con los ojos de alguien que tampoco sabe quién soy.

He buscado en los mapas, en los sueños,
alguna clave antigua que descifre este territorio.
Nada. Solo el silencio de una biblioteca enorme
donde todos los libros repiten la misma página en blanco.

¿Adónde van las horas que este cuerpo vivió sin mí?
¿Quién duerme con mis manos cuando yo me he ido lejos?
¿De quién es este pulso que golpea en la inmensidad
como una puerta que nadie desde adentro va a abrir?

Quiero hacerte lo que mis versos hacen con mi voz:
obligarte a envejecer aunque no entienda todavía
de qué semilla extraña brotaste como un árbol oscuro
que da su sombra al mundo sin saber que es un árbol.

Pero este cuerpo tiene sus alianzas con la tierra,
sus tratados secretos con la sombra y con el tiempo,
y algún día, lo sé, quebrará sus dolientes discursos
y me devolverá al polvo del tiempo sin pedirme permiso.

Rolando del Pozo

viernes, julio 31, 2026

Mis sueños

Abrí mis ojos de ausencias
y alguien había vivido por mí durante la noche.

Lo supe por la tierna nostalgia,
esa huésped que jamás se equivoca.

Recordé una casa donde la noche
pronunciaba mi nombre con otra boca;
una voz cuyos ardores conocía
como conocen las raíces el idioma de la tierra;
un hijo que heredó de mis manos
la costumbre de señalar estrellas inexistentes.

Todo había sucedido
en la memoria de las cosas perdidas.

Pude recordar el olor de las habitaciones,
la cicatriz de una tarde,
el temblor de una despedida
que nunca se atrevió a robarse el mundo.

Busqué los rasgos de una tarde de versos,
y las certezas alimentando mis dolores.
No encontré más que el espejo,
ocupado por un desconocido
que parecía regresar de su propia ausencia.

Entonces comprendí
que mi memoria no distingue
entre lo vivido y lo soñado.

Desde aquel amanecer
camino con dos sombras.

La que proyecta mi voz en mis palabras
y otra, más antigua,
que recuerda con infinita tristeza
que mis sueños se roban los amaneceres
que jamás tuvieron lugar.

Rolando del Pozo

martes, julio 21, 2026

No era un sueño

Desperté antes de todos mis nombres,
cuando aún la luz no había elegido
en qué ventana caer y renacer.

Traía conmigo una llave de versos,
el duelo de un hombre sin rostro
y la certeza de haber enterrado
algo que todavía respira.

No era un sueño.

Los sueños dejan ceniza en los párpados.
Esto, en cambio, latía y clamaba
detrás de mis alucinaciones,
como un animal que conoce mi sangre.

Recordaba una casa sin espacios:
sus corredores descendían
hacia una habitación donde alguien
escribía mi vida con tinta invisible.

Afuera, los árboles guardaban silencio.
Los relojes marcaban la misma hora:
la hora en que las puertas se abren
en una casa que nadie imaginó.

Entonces una voz,
no sé si nacida de mis abismos,
pronuncia los verbos de la distancia.

Desde entonces camino con cautela.
Cada sombra puede estar llena de señales,
llena de los sobrevivientes
de aquella vida que llevo conmigo.

Y en algunas noches,
cuando el mundo se vuelve tan frágil
como un vaso en manos de una sombra,
siento que alguien me descubre y olvida que existo.

Rolando del Pozo

viernes, julio 10, 2026

Te escribo

Te escribo desde la habitación donde las lámparas

han olvidado los nombres de la ausencia.


No sé a qué reino pertenece ahora tu silencio.

Quizá eres la respiración de un verso,

la sombra que sostiene a los árboles

cuando la noche se desprende del cielo.


He doblado esta carta

con la paciencia de quien envuelve una reliquia.

La entregué al viento,

al misterio que recuerda todos los rostros,

al animal invisible lleno de luces

que atraviesa mis sueños sin dejar huellas.


Te pregunté lleno de temores

si la muerte era una puerta

o apenas otra dimensión 

donde el tiempo se contempla a sí mismo.


Entonces llegó tu respuesta.


La encontré escrita

en el revés de mi propia respiración,

en la ceniza intacta de mis horas,

en el temblor con que una llave

reconoce una casa que ya no existe.


Desde entonces te escribo con la tinta

que aprende a deshojarse

como una flor aprende otro idioma.


Porque mis cartas conocen,

antes que mi mano,

la dirección secreta de mis ausentes.


Y comprendo

que toda respuesta, espera desde siempre,

en mis secretos plenos de amaneceres,

en el otro lado de mis versos llenos de tu sombra.


Rolando del Pozo

viernes, junio 26, 2026

El espejo

Tú, mi doble de reflejos infinitos,

hermano de relámpago y de niebla,

¿desde qué otra dimensión del tiempo

me miras con esos ojos que fueron míos en otro espejo?


Dime, ¿dónde quedó el muchacho salvaje

que olía a manzanas y a tormenta,

el que corría descalzo por los huertos del mundo

con la boca llena de besos y de tierra?

Yo lo busco entre mis huesos,

pero tú me devuelves una imagen de sombras añejas,

un simulacro de hombre que repite, en otro laberinto,

la misma historia circular.


Me acerco. 

Mi aliento empaña tu frontera como niebla sobre un mapa infinito.

Eres cruel, compañero de reflejos y de sueños,

porque me muestras el horror y la maravilla:

que tengo miedo a ser feliz,

porque la felicidad es un instante breve que se repite eternamente

y yo aprendí a perderme en los senderos que la bifurcan.


¿Quién eres tú, espejo de mi tierra y de mi olvido,

sino el otro yo, el mismo yo, el que está por existir,

el testigo que no miente porque tiene todos mis nombres 

y ninguno?


Y cuando me aparto,

quedas tú, sonriendo con mis muecas lentas.

Yo me quedo con los escalofríos y los deseos,

con un poema que late en la oscuridad

esperando ser recitado en otro reflejo, con otra voz.


Rolando del Pozo

sábado, junio 20, 2026

El tiempo

Esta noche hablé con el tiempo.


Tenía el olor del ayer después de la lluvia,

la sal de los océanos que atraviesan los siglos,

y una tristeza antigua

como la de las estrellas que viajan hacia nosotros

llenas de un cielo ya extinguido.


Se sentó frente a mí,

entre un espejo y una sombra.


Entonces sentí que algo temblaba en mi sombra:

los árboles, las mareas,

las manos que amamos y perdemos,

el pan compartido sobre una mesa humilde,

las hojas que caen sin saber que obedecen

a una ley más antigua que el viento.


El tiempo abrió ante mí una mirada infinita,

pero también un jardín.


Entre sus visiones crecían rosas invisibles,

y cada alucinación guardaba un verano, 

un beso olvidado,

una tarde dorada sobre la piel del mundo.


Antes de irse,

mi visitante señaló el espejo.


Vi allí a un hombre que acariciaba el tiempo,

rodeado por el rumor del mar,

por los lamentos,

por las sombras de quienes había amado.


Y comprendí que el enigma no era el tiempo.


Era esa obstinación del alma

que recoge fragmentos de eternidad

en una rosa, en una memoria,

en una mirada que persiste impoluta. 


Rolando del Pozo