jueves, mayo 28, 2026

Mi reflejo

Te miro,

y el espejo abre sus pétalos oscuros

como una visión que se parte al hablar.

No sé quién de los dos respira primero,

si tu aliento empuja mi propio vacío

o si soy yo quien nace de tu silencio.


Me reflejas en tus sombras llenas de sal,

con un estremecer antiguo lleno de manos,

como si hubieras viajado por mis huesos

buscando un rincón donde esconder la verdad.


“Esto eres”, murmuras,

y tu voz languidece sobre mí

como una lluvia que reconoce mis cicatrices.

Entonces se abren mis días cerrados,

como pensamientos maduros

que dejan caer sus secretos sobre el ayer.


Hablas de los caminos que viajé sin ojos,

de los besos que guardé en una caja muda,

de los instantes temblorosos

que escondí bajo la piel

para que no ardieran demasiado.


Quisiera apagar tu reflejo,

luz que palpita como un atardecer herido,

pero insistes en arderme dentro,

en alumbrar mis voces con una llama

que huele a tiempo perdido y a regreso.


Y al final comprendo:

no eres un eco remoto,

ni una versión domesticada de mi nombre.

Eres mi doble de fuego,

el que conserva la ceniza que olvidé,

el que guarda el pulso verdadero

cuando yo me duplico en el tiempo.


Por eso te dejo hablar,

aunque cada palabra tuya sea una herida lenta.

Porque sólo así descubro

que no estoy hecho de alucinaciones,

sino de las brasas vivas

que tú —reflejo inmóvil, hermano de luces—

devuelves al mundo para que yo arda.


Rolando del Pozo

domingo, mayo 17, 2026

Geografía imposible

A veces regreso a ti por los pasillos del ayer,

como quien busca en un laberinto

la grieta exacta donde comienzan tus versos.

Sé que no estás,

pero tu sombra es un dolor que respira en mi voz

y deja su huella en cada amanecer torcido.


Te nombro,

y el tiempo se parte en dos en un viejo espejo:

una mitad guarda las horas que no vivimos,

la otra sangra con la luz que olvidamos compartir.

Ya temblaba este naufragio en mis manos;

pero yo te busco aún

entre los universos que inventé para no olvidarte.


Hay noches en que tu sombra me roza,

como si se hubiera escondido en mi piel

el incendio secreto de tu memoria.

Entonces arde la tierra,

cruje el silencio,

y mis ojos regresan a la geografía imposible 

donde aprendimos a perdernos.


Sin embargo sigues siendo ese umbral,

ese milagro que se esconde detrás de una puerta cerrada,

la promesa que tu voz habría tejido

con hilos arrancados del sueño y del destino.


Yo sigo de pie

en el borde donde tiemblan los que mucho aman,

esperando que una sola de tus voces

—la soñada, la que nunca dijo adiós—

regrese desde tus agotados horizontes

para levantarme otra vez.


Rolando del Pozo

lunes, mayo 11, 2026

Mujer de la noche

En la esquina donde arde la noche,

ella sostiene un dolor que parece iluminar

un tiempo anterior al verso

que insiste en prolongarse desde otro siglo.


La he visto allí,

cumpliendo un destino que la eligió a ella

como el laberinto elige a su centro.

Cada paso esculpido en la vereda

es un pliegue en repetido universo,

la repetición infinita

en la que se confunden deseo y condena.


Sus llamadas resuenan

como monedas que caen en un pozo sin fondo.

Hay en ella una tristeza antigua,

una nostalgia que ha habitado la noche desde el origen.


A veces me mira,

y sus ojos parecen dos espejos gastados

donde se reflejan mis culpas.

Su oficio es un borde:

el límite entre el cuerpo y el olvido,

entre el instante y la eternidad.


Y sin embargo,

hay en su fragilidad una fuerza secreta,

la de quien conoce el silencio del mundo

y lo sostiene sin derrumbarse.

Permanece allí, en esa esquina, siempre,

como una sombra en un mapa incierto,

como si la noche misma se duplicara en ella.


Pienso entonces

que su vida es también un viejo poema,

uno escrito en una lengua rota.

Quizá, en algún otro tiempo,

ella fue otra:

y quizá esa otra versión suya

la mira ahora desde su sombra

con una compasión que no entendemos.


Rolando del Pozo

miércoles, abril 29, 2026

El viento de lo irrevocable

He llegado a tu adiós como se llega al fin del mundo,

con una verdad quemándome las manos

y un silencio que huele a mar detenido.


Sé que bastaría un susurro

para que te regresaran los días intacta,

como fruta recién cortada del tiempo.

Pero este adiós es un destino sin regreso

que se cumple incluso en mis temblores;

una puerta que se cierra sola

con el viento de lo irrevocable.


Te dejo en la mesa

las últimas palabras que no nos dijimos,

palpitando todavía,

como ardores que desconocen tu orilla.

Y dejo también mi sombra,

que se aferra a la nada

con la ternura desesperada

de una raíz que no se suelta.


Hoy entiendo

que perder es una forma de arder sin que nadie lo vea,

que la memoria es un faro

encendido en la tormenta,

y que tu ausencia,

esa alucinación obediente,

encenderá su luz en mis noches más largas. 


Me voy.

Camino hacia un horizonte que sabe a noche ajena,

donde el cielo ya ha aprendido tus formas

y las repite sin descanso.

Si piensas en mí algún día,

piensa así:

como se piensa en una luz que fue casa,

en una voz que fue abrigo,

en un breve incendio

que aún ilumina su ceniza.


Rolando del Pozo

jueves, abril 23, 2026

El envés de tu voz

Habito el envés de una voz que ya no se anuncia,

en un espacio donde el tiempo escribe con letras de humo

y las paredes reviven antiguos naufragios familiares.


Soy el que busca tus motivos entre los vidrios rotos,

el que interroga sombras para que confiesen el ayer

o su vieja alianza con el olvido que nos lame las manos.


Mírame avanzar sobre un alfabeto de brasas.

Traigo los ojos cargados de pausas que no devuelven nada,

solo este abismo, este pasadizo de viento

donde tejías la red para atrapar mis alucinaciones.


Vengo de las luces que aprendieron a escapar de tus ojos,

a descifrar el rastro del ángel en el hollín de las chimeneas.


Todo es un rito de ausencias que se tocan.

Si extiendo mis manos, toco un adiós que todavía no sucede;

si callo, tus reflejos me traen un escapado invierno.


Estoy lleno de un lenguaje que te imagina de luz,

tratando de abrir las prohibidas palabras de fuego.

Estoy lleno de voces que devoran tus preguntas

y soy solo el eco de un adiós que murió en tu boca,

un irreconocible rostro retratado en paredes vacías.


Rolando del Pozo

jueves, abril 09, 2026

Allí donde Ambos Respiran

A veces creo que el bien nació del mal,

como una brasa ardiendo en la última noche,

como una voz tibia que brota del ardor.


Tal vez surgió en un pliegue del tiempo,

donde la sombra guarda su cofre de causas perdidas,

y un designio antiguo —más vasto que el horizonte—

torció la senda de lo oscuro

hasta convertirlo en el fruto inesperado de la luz.


Nada permanece entero:

ni el puñal, ni la mano,

ni la memoria del que sueña,

ni el cuerpo del soñado.

Todo se mueve en el álito profundo del universo,

una marea que asciende y desciende

trayendo a la orilla sus metamorfosis,

su sal, su latido inevitable.


He visto al mal desdoblarse,

abrir su geometría secreta

y revelar una llama pequeña,

dócil como el pulso de un recién nacido.

He visto al bien desvanecerse en el aire,

deshecho como el polen que se va

sin recordar de qué árbol vino.


La vida avanza como un sueño que madura,

como una fruta que se enciende lentamente,

mientras caminamos dentro de ella

respirando su fragancia incierta.


El mal se pliega sobre sí

y se transmuta,

como la noche que se vuelve amanecer

aunque no lo anuncie ninguna sombra.


Y yo,

extraviado en la frontera donde ambos respiran,

avanzo con el pecho abierto,

sabiendo que esta vida es un eco,

un soplo que atraviesa la tierra

y se enciende como un secreto interminable

donde todo final se abre, silencioso,

hacia otro principio vestido de oscuridades.


Rolando del Pozo

viernes, abril 03, 2026

El rumor de un verso

Yo,

el que avanza indivisible en el tiempo,

he vuelto a encender —con estas manos de ceniza—

la brasa de un sueño que llama mis primeras sombras.


A veces despierto en el rumor de un verso perdido:

es la voz doblándose sobre sí misma,

es el viento que insiste en pronunciar tu nombre,

es el deseo, ese fuego temeroso,

respirando en mi pecho como un animal herido.


Me observo en mis multiplicados desvarios:

reflejos sin versos, destellos sin voz,

la silueta de un hombre que cruza tus pliegues

buscando la grieta exacta donde te escondes.

Allí —donde el silencio abre sus alas—

escucho las voces que te persiguen

como pájaros de luz suspendidos en un abismo.


Yo sé que no camino solo.

Me siguen tus sombras que conocen mis voces,

mares que llegan hasta mí con su sal de presagio,

y también ese rumor del universo

que se acomoda alrededor de mis latidos dispersos.

Entonces la vida se vuelve una trampa,

una señal trazada a contraluz,

una brújula que apunta simultáneamente

al origen y al dolor de tus piernas.


Y aun así sigo.

Cruzo amaneceres que tiemblan en tus candores,

recojo los pétalos de tus días que caen

como hojas arrancadas de un libro que nadie escribió.


Quizá mañana despierte de esta vigilia interminable,

o quizá sea yo quien se disuelva pausado

mientras tu aliento —esa voz sin centro—

encuentra en mi nombre un refugio,

como un fruto que vuelve a su rama,

como el espacio final que por fin comprende

el silencio que lo sostiene y multiplica.


Rolando del Pozo