miércoles, febrero 25, 2026

Jardín y laberinto

Esta noche no pronuncio su nombre.

Nombrarla sería fijarla en una melodía,

y ella pertenece más bien a una voz

que se discierne y se pierde en luces.

 

Hay una mujer que traspasa mi sangre

como un antiguo augurio.

No sé si la amo ahora

o si la he amado siempre,

en otros corredores del tiempo

donde mi rostro fue desigual

y mi voz apenas un murmullo.

 

A veces pienso que la he inventado,

que es la cifra secreta de mi deseo,

la metáfora que el universo eligió

para revelarme su misterio.

Pero luego la veo —real, irrevocable—

y toda ideología se derrumba

como una sombra incendiada por el alba.

 

Su risa abre una grieta en la tarde

y por esa grieta surge un infinito.

En sus ojos hay un jardín que no termina,

un laberinto donde cada sendero

conduce al mismo fondo:

la revelación de su rostro.

 

Amarla es aceptar el misterio

de no comprenderla del todo.

Es saber que en cada caricia

se oculta una distancia sagrada,

una frontera invisible

que preserva su secreto.

 

Quizá el amor sea esto:

un espejo enfrentado a otro espejo,

reflejándose hasta el vértigo.

O tal vez sea un libro que se escribe solo

con páginas de sombra y de fuego.


Rolando del Pozo

 

domingo, febrero 15, 2026

Noche paralela

He clamado tu nombre en la noche

y respondiste desde el fondo del verso.

 

La noche tenía cuerpo y un ardor ajeno.

Era un libro cerrado

que yo ya había leído en tus miradas.

 

Tú caminas dentro de mí

con la paciencia de un lector antiguo.

Sabes que tus gestos se repiten en mi voz,

que cada latido es una cifra diversa

en las vastas alucinaciones del tiempo.

 

A veces, 

siento que soy parte de la ausencia,

que soy una máscara inclinada sobre el vacío.

Pero este vacío no es simplemente nada:

es un espejo que devuelve

estas mismas letras en una noche paralela.

 

Y sin embargo,

amo.

Amo con la terquedad de mis palabras,

con la convicción de que el amor

es la única deslealtad contra el infinito.

 

Y tal vez existo

no como cuerpo,

no como sombra,

sino como una pregunta que arde.

 

Rolando del Pozo

 

 

martes, febrero 10, 2026

La pasión

La pasión no llega tarde:

se posa como una voz agitada en tus bocas.

 

Tiene olor a dolores abiertos,

a sangre que recuerda tu cuerpo de versos,

y entra a tu cuerpo como el mar lame una herida:

sin pedir permiso.

 

Es la ansiedad vestida de ruegos;

respira entre tus muslos, enciende los besos,

golpea la sal de tu cuerpo hasta volverla canto.

 

Nada promete en esta noche inclinada.

Todo reclama.

 

Te nombra con labios que saben a incendio,

te desviste en el pasado de mis besos,

hunde sus voces en el centro donde tiemblan

las palabras resbalándose por tus costados.

 

Esta pasión no ama:

devora.

 

Quiere tu cuerpo extendido en mis labios,

la memoria ardiendo en mi destino,

y deja su marca:

un sol oscuro en tu piel sudorosa,

y una sed que aprende a decir para siempre.

 

Rolando del Pozo

 

 

miércoles, febrero 04, 2026

Oscura y luminosa

Este amor de viajes no llega:

es invocado.

 

Alguien dibuja tu nombre con voces y saliva,

en el umbral del sueño, 

y la noche se abre

como una fruta madura entre tus manos.

 

Entonces desciendes oscura y luminosa,

con tu máscara de presagio,

pero también con tu cuerpo

—pan caliente, vasija de sed,

tierra donde mi voz aprende a quedarse—.

 

Te amo no solo en lo invisible de tu voz

sino en tus costumbres de angustiarte,

en el peso de tu hombro contra el mío,

en esa forma tuya de existir en mis vacíos.

 

Porque este amor es un pacto

entre la oscuridad y la carne:

una casa levantada con señales secretas

y con laxos pliegues que arden sin cesar.

 

Y cuando todo se calla, 

el amor insiste:

un candil encendido en el centro del miedo,

una raíz que pronuncia tu nombre secreto.

 

Rolando del Pozo

martes, enero 27, 2026

Ritual

He acomodado la noche sobre la mesa

como un dolor oscuro que sabe mi nombre.

 

Trazo tus círculos con polvo y saliva,

con otras voces que nunca fueron mías.

 

Mis palabras ascienden desde la tierra, 

se bifurcan:

unas imploran tus ganas, otras titubean.

 

Oh fuerzas sin rostro, entren al viejo rito

como quien entra a un laberinto sin salidas.

 

Tus deseos se reclinan en mis memorias.

Detrás de mí se cumplen conjuros y es tarde.

 

Tus poses respiran como un albor infinito;

la casa recuerda todas tus voces y ninguna.

 

Y te ofrezco lo único que no se consume:

un amor lleno de círculos,

una sombra sembrada de símbolos,

y este deseo que insiste en volverte de luz.

 

Rolando del Pozo

 

lunes, enero 19, 2026

Umbral de ausencias

En la casa donde habito con todas tus distancias,

donde cada puerta guarda un rostro que no es el mío

y las ventanas se abren hacia un ajustado vértigo,

yo te llamo con nombres que no existen,

con palabras que el tiempo aunó en tus pausas.

 

¿Quién soy sino esta sombra que se extiende

más allá de los límites del cuerpo;

este viajero extraviado en el mapa de sus propios pasos,

este que habla con la voz de todos mis muertos?

 

Detrás de cada noche hay otra noche más profunda

y, al fondo de tus alucinaciones diversas,

yace una voz que teje con mis pausas tus abismos.

 

He bebido en la copa de las horas perdidas;

he llamado a tu puerta desde todos los siglos

pero tú permaneces del otro lado del silencio,

inasible como el agua entre los dedos del sueño.

 

Porque en esta casa donde llueve hacia adentro

y las mariposas amarillas anuncian lo inevitable,

donde el olvido huele a almendras envejecidas,

yo sigo esperándote con la insistencia de la noche.


Rolando del Pozo

sábado, enero 10, 2026

Algo te nombra

No busco mi rostro en los espejos,

sino en la fisura que dejan tus palabras

cuando rozan con distancias mi sangre

y demandan morar en mis horizontes.

 

Este poema no se divide: respira.

A veces suda, otras veces murmura,

como si hubiera pasado la noche

soñando responderte con silencios.

 

Algo te nombra desde adentro.

No es una voz; 

es una presencia familiar,

una certeza que se mueve por los versos

como el polvo por una casa desolada.

 

Los recuerdos arden.

Describirte es morder una sílaba

que sabe a fruta madura y a presagio,

como si el idioma supiera más de ti

de lo que se atreve a describir.

 

Hay pasillos que idean patios invisibles,

signos que laten como animales mansos,

y una vigilia espesa

donde lo imposible ocurre

con la tranquilidad de lo cotidiano.

 

Cierro las voces que te reclaman.

Pero algo queda en la habitación:

una presencia sentada en la penumbra,

segura de haber sido real,

segura de haberme leído

antes de desaparecer sin despedirse.

Rolando del Pozo