He llegado otra vez al confín donde las sombras
intercambian sus nombres con las aguas del sueño.
No sé si regreso desde un cuarto perdido en la memoria
o desde la lenta respiración del destino.
Las puertas estaban abiertas.
Detrás de cada una ardía una escena olvidada:
un niño recogía los fragmentos de una voz extinguida,
un anciano tejía con hilos de niebla
las fechas que jamás ocurrieron.
Entonces crucé.
La memoria se volvió un bosque de espejos sumergidos.
Los rostros que amé emergían y desaparecían.
Y el sueño extendió su reino.
Sus pájaros tenían alas hechas de relojes rotos.
Sus jardines florecían hacia abajo,
hacia las raíces del cielo.
Más allá esperaba el destino.
No era una sentencia grabada en las piedras.
Era una vasta habitación vacía
donde todas mis vidas giraban alrededor del tiempo.
Allí vi al que fui,
al que seré,
al que nunca alcanzará la orilla del tiempo.
Y comprendí que ninguno conocía el final.
Porque el destino no era una escritura.
Era la mano que aún estaba escribiendo.
Desde entonces camino acompañado.
A veces me escucho detrás de mí.
A veces delante de las versiones de mi voz,
que me esperan.
Y entre ambos rumores,
arde esta certeza:
que somos viajeros en un reino sin fronteras,
huéspedes de una noche que nos sueña,
y que toda vida no es más que el instante
en que la memoria recuerda el futuro
mientras el destino sueña nuestro nombre.
Rolando del Pozo