Poesía de Rolando del Pozo
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sábado, octubre 17, 2026
La casa
un laberinto de huesos y ligamentos
cuyo centro, si existe, es una sala
donde alguien que soy yo, me espera.
Otro, anterior a mí, dibujó las cicatrices
con una tinta que aún me corre por las venas,
con un idioma de arena que nadie ha traducido.
¿Quién levantó estos muros de ceniza?
¿Quién dejó encendidas las luces
en un cuarto que no he visitado?
Mis fiebres, mis dolores nuevos
recorren sus pasillos con pasos ligeros,
y en cada anaquel de nervios y venas
hay libros que registran mis vidas pasadas.
Soy el huésped de un reino de soledades,
un hombre que obedece a relojes de arena.
Cada espejo me devuelve un verso alucinado
por un poeta plasmado en las rojas paredes.
Y sin embargo,
a veces, en el crepúsculo de la fiebre,
la casa cruje como una bestia que reconoce a su amo
y por un instante, apenas,
soy el nombre que ella pronuncia en sus sueños.
Luego vuelve la bruma.
Vuelvo a ser el inquilino,
el que paga con años un alquiler sin contrato,
el que sospecha, sin atreverse a decirlo,
que quizá no es él quien se refleja en el espejo.
Rolando del Pozo
jueves, octubre 08, 2026
El rito
Trazo un rito
como quien traza un laberinto en tus piernas,
no para salir del tiempo,
sino para hundir las manos en él.
Sobre la mesa de madera,
esa que aún huele a pan:
un retrato sueña que me sueña,
un libro infinito contiene mis voces y ninguna,
y un poema con tu nombre respira mojado.
Trazo tus círculos con ceniza de amapolas.
Adentro cabe un siglo, afuera no cabe el olvido.
Pronuncio las sílabas que aprendí antes de besarte,
las que susurran regresos en tiempos reversos;
las digo con la boca de un verso enamorado,
con la lengua que ha probado tus distancias.
Quiero tocar lo intocable de tus besos,
quiero dibujarte en siluetas de versos:
con hambre, con locura, con ternura.
Oh tú, la que no tiene bordes ni cadera,
la que ni el amor pudo imaginar.
Déjame alcanzarte no con plegarias,
sino con lo más oscuro y sagrado que tengo:
estos labios partidos por el invierno,
estas manos de trabajador de lo invisible,
este corazón que teje y desteje bajo la tierra.
He encendido una vela negra y otra roja.
He puesto mi cuerpo vacío sobre el altar,
no como ofrenda, sino como lecho.
Y si fracasa el rito, que fracase lleno de ti,
como fracasa el río contra el mar,
como fracasa mi boca en tu ausencia,
llena de segundos intocables y pasados eternos.
Rolando del Pozo
viernes, septiembre 25, 2026
Laberinto
No soy un ser, soy una voz que se disuelve,
un espejo que no devuelve lo que mira,
sino el reflejo de una vida pasada.
Un corredor de ecos donde el yo se vuelve ajeno.
Mi piel no es un límite, es una conjetura,
una membrana de arena y de recuerdos.
Me evado por los ardores de mi nombre,
como agua por la fisura de un cántaro eterno.
A veces sueño que soy dos:
el que divaga y el que escribe al que divaga.
Y un tercero que los lee y sospecha
que ambos son la misma alucinación.
¿Quién se mira cuando yo me miro?
Un rostro que ensaya mi rostro,
un laberinto donde cada puerta
es la salida a otro laberinto.
He dejado mi voz en los cuartos vacíos,
y un grupo de recuerdos que no pertenece
a la memoria de este desconocido.
Todo vuelve, y nada vuelve igual.
Y sin embargo, en esta disolución,
en este derrame incesante,
presiento que soy más vasto que el tiempo:
no el que se encierra,
sino el que se dispersa
y al dispersarse, por fin, se encuentra.
Rolando del Pozo
jueves, septiembre 10, 2026
Las cartas
En la mesa, bajo la lámpara,
alguien baraja los pétalos de la noche.
No sé si es una mujer, un dios,
o la sombra de mi propia mano
que ha venido desde otro tiempo
a preguntarme quién realmente soy.
Una carta cae. La luna.
Y en su espejo veo un camino
que se bifurca hacia ninguna parte,
dos puertas que conducen al mismo secreto,
dos destinos que acaso fueron
la misma vida, en la misma noche.
No existe el azar cuando las sombras
han aprendido nuestros nombres.
El tarot sólo revela
lo que ya estaba escrito
en la sangre de las cosas:
la muerte detrás de la rosa,
el fuego dormido bajo la ceniza,
el beso que aún no ha sucedido
y que, sin embargo,
alguna noche nos dejó sus labios.
He aprendido a desconfiar de la luz.
Hay verdades que sólo aparecen
cuando el mundo apaga sus ojos.
Entonces los presagios comienzan:
un pájaro golpea tres veces la ventana,
una puerta respira en la casa vacía,
una estrella desaparece
del lugar donde siempre había estado.
Y comprendo que lo sagrado
no vive en los templos.
Vive en esa grieta de la noche
por donde algo desconocido
nos contempla y permanece boca abajo.
Rolando del Pozo
viernes, septiembre 04, 2026
La oscuridad
Hay una noche detrás de esta noche,
una noche profunda como el mar
donde el abandono se vuelve de voces
y se escuchan los rumores de la tierra.
Allí comienza un cielo reverso,
el que no vemos porque nuestros ojos
fueron hechos para una falsa claridad.
La oscuridad no está vacía.
Guarda un sol enterrado,
un estrella negra que arde hacia adentro
y cuya luz no cae sobre las cosas:
las despierta en un universo paralelo.
Bajo esa luz reversa y desconocida
los muertos vuelven a tener sombra,
las piedras recuerdan nuestros pasos,
y el mar conserva en sus entrañas
los nombres que alguna vez pronunciamos.
Yo soy otro en noches desdobladas.
Hay alguien que camina conmigo
por las habitaciones apagadas,
alguien que lleva mi rostro sin saberlo
y conoce un destino con puertas idénticas.
Tal vez toda existencia
sea apenas un largo regreso
hacia aquello que fuimos y que seremos.
Por eso amo la noche.
Porque cuando la ciudad se apaga
y el cielo pierde sus ventanas,
puedo escuchar el corazón secreto
de las cosas:
la respiración de los árboles,
la humedad que sube desde la tierra,
el temblor de una estrella lejana
que parece morir
para que nosotros podamos verla.
Rolando del Pozo
jueves, agosto 27, 2026
El otro lado del nombre
Anoche desperté en otro cuerpo.
No era extraño: tenía mis manos,
la antigua cicatriz de la tristeza,
y ese temblor de noche bajo la lluvia
que alguna vez confundí con mi alma.
Frente a mí, un ser encendía una lámpara.
Tenía mis ojos, pero miraba lejos,
hacia una ciudad cubierta por la nieve
donde nunca viví, donde acaso fui
una sombra que se disolvió en sueños.
No hablamos.
Entre los dos había demasiados años.
Sobre la mesa, una fruta abierta
derramaba su oscuro corazón,
y el tiempo, como un pájaro herido,
respiraba debajo de las alfombras.
Afuera pasaban los años llenos de versos.
Un niño corría sediento detrás de ellos,
llevando entre sus manos una voz apagada.
Quise llamarlo por mi nombre,
pero el nombre cayó de mi boca
como una piedra en un pozo sin fondo.
Tal vez somos dos distantes orillas
de un mismo sueño que nos recuerda.
Tal vez nacemos muchas veces
y cada nacimiento borra al anterior,
dejando apenas esta sed inexplicable
de volver a una casa que nunca persiste.
Ahora miro mis manos a contraluz.
Parecen las mismas, pero no confío en ellas.
Hay otra vida temblando debajo de la piel,
y en algunas noches, desde un diverso tiempo,
se atreve a pronunciar mis nombres
como si fuera él quien me recuerda.
Rolando del Pozo
domingo, agosto 16, 2026
La morada del duelo
Hay una casa que construyó tu ausencia
con madera de noche y polvo de memoria.
Entro en ella cuando se caen mis voces
y todavía encuentro tu angustiada sombra
sentada junto a la ventana contando estrellas.
He querido cerrar sus envejecidas puertas,
pero el viento conoce tu nombre de luces
y vuelve testarudamente a abrirlas.
Quizá nunca te perdí.
Quizá fuiste esa forma irrepetible del tiempo
que alguna vez tuvo tu enardecido cuerpo,
esa pequeña eternidad
que ardía lentamente entre mis manos.
Ahora camino por tus habitaciones
como quien atraviesa un bosque después del incendio:
todo está terriblemente quieto,
pero debajo del pasto quemado
algo sigue multiplicandose.
A veces pronuncio tu nombre
y la noche se llena de voces disueltas.
Entonces comprendo
que la memoria no es un espejo:
es un mar oscuro
donde lo perdido sigue encallándose.
No quiero que te ausentes.
Pero tampoco sé
qué significa que te quedes.
Por eso habito esta casa,
esta lenta morada llena de silencios,
donde cada pared guarda una sombra
y cada sombra guarda una pregunta.
Y allí, donde nadie puede verte,
sé que sigues respirando.
Rolando del Pozo