Este amor de viajes no llega:
es invocado.
Alguien dibuja tu nombre con voces y saliva,
en el umbral del sueño,
y la noche se abre
como una fruta madura entre tus manos.
Entonces desciendes oscura y luminosa,
con tu máscara de presagio,
pero también con tu cuerpo
—pan caliente, vasija de sed,
tierra donde mi voz aprende a quedarse—.
Te amo no solo en lo invisible de tu voz
sino en tus costumbres de angustiarte,
en el peso de tu hombro contra el mío,
en esa forma tuya de existir en mis vacíos.
Porque este amor es un pacto
entre la oscuridad y la carne:
una casa levantada con señales secretas
y con laxos pliegues que arden sin cesar.
Y cuando todo se calla, el amor insiste:
un candil encendido en el centro del miedo,
una raíz que pronuncia tu nombre secreto.
Rolando del Pozo
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