He clamado tu nombre en la noche
y respondiste desde el fondo del verso.
La noche tenía cuerpo y un ardor ajeno.
Era un libro cerrado
que yo ya había leído en tus miradas.
Tú caminas dentro de mí
con la paciencia de un lector antiguo.
Sabes que tus gestos se repiten en mi voz,
que cada latido es una cifra diversa
en las vastas alucinaciones del tiempo.
A veces, siento que soy parte de la ausencia,
que soy una máscara inclinada sobre el vacío.
Pero este vacío no es simplemente nada:
es un espejo que devuelve
estas mismas letras en una noche paralela.
Y sin embargo,
amo.
Amo con la terquedad de mis palabras,
con la convicción de que el amor
es la única deslealtad contra el infinito.
Y tal vez existo
no como cuerpo,
no como sombra,
sino como una pregunta que arde.
Rolando del Pozo
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