En la casa donde tu voz aprendió mi nombre
hay un espejo que respira detrás de la pared.
Un espejo viejo que recuerda las caras
de todos los que te han llenado de pausas
desde antes de que la lluvia aprendiera a caer.
Refleja a un chaval de un pueblo de polvo amarillo
donde las horas olían a dolores abiertos por el sol.
Allí, en esa casa de voces, he dejado mis pasos
como si fueran pájaros cansados
que regresan cada tarde al mismo árbol,
aunque el árbol haya sido talado hace cien años.
Aquí, el tiempo se derrama lentamente
desde un cántaro invisible.
¿Quién pronuncia tu nombre cuando duermo?
¿Quién recoge las cenizas del día
y las guarda en los bolsillos de la madrugada?
Y tú apareces de repente,
como esas lluvias inesperadas de agosto
que hacen que mis sombras se multipliquen.
Y entonces comprendo
que este amor es una cosa extraña:
un viento tibio que abre las ventanas
de las casas donde ya no vive nadie.
Rolando del Pozo
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