Esta noche no pronuncio su nombre.
Nombrarla sería fijarla en una melodía,
y ella pertenece más bien a una voz
que se discierne y se pierde en luces.
Hay una mujer que traspasa mi sangre
como un antiguo augurio.
No sé si la amo ahora
o si la he amado siempre,
en otros corredores del tiempo
donde mi rostro fue desigual
y mi voz apenas un murmullo.
A veces pienso que la he inventado,
que es la cifra secreta de mi deseo,
la metáfora que el universo eligió
para revelarme su misterio.
Pero luego la veo —real, irrevocable—
y toda ideología se derrumba
como una sombra incendiada por el alba.
Su risa abre una grieta en la tarde
y por esa grieta surge un infinito.
En sus ojos hay un jardín que no termina,
un laberinto donde cada sendero
conduce al mismo fondo:
la revelación de su rostro.
Amarla es aceptar el misterio
de no comprenderla del todo.
Es saber que en cada caricia
se oculta una distancia sagrada,
una frontera invisible
que preserva su secreto.
Quizá el amor sea esto:
un espejo enfrentado a otro espejo,
reflejándose hasta el vértigo.
O tal vez sea un libro que se escribe solo
con páginas de sombra y de fuego.
Rolando del Pozo
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