Habito una casa que no diseñé,
un laberinto de huesos y ligamentos
cuyo centro, si existe, es una sala
donde alguien que soy yo, me espera.
Otro, anterior a mí, dibujó las cicatrices
con una tinta que aún me corre por las venas,
con un idioma de arena que nadie ha traducido.
¿Quién levantó estos muros de ceniza?
¿Quién dejó encendidas las luces
en un cuarto que no he visitado?
Mis fiebres, mis dolores nuevos
recorren sus pasillos con pasos ligeros,
y en cada anaquel de nervios y venas
hay libros que registran mis vidas pasadas.
Soy el huésped de un reino de soledades,
un hombre que obedece a relojes de arena.
Cada espejo me devuelve un verso alucinado
por un poeta plasmado en las rojas paredes.
Y sin embargo,
a veces, en el crepúsculo de la fiebre,
la casa cruje como una bestia que reconoce a su amo
y por un instante, apenas,
soy el nombre que ella pronuncia en sus sueños.
Luego vuelve la bruma.
Vuelvo a ser el inquilino,
el que paga con años un alquiler sin contrato,
el que sospecha, sin atreverse a decirlo,
que quizá no es él quien se refleja en el espejo.
Rolando del Pozo
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