No es el silencio un muro, sino una membrana,
un tejido donde el destino se retrae para no ser herido.
Te ausentas, y en esa ausencia ocurre la verdadera presencia:
la de quien habita el intersticio, el ángulo muerto del tiempo,
donde el presente es un espejo roto que ya no refleja mi rostro.
Qué acto sagrado y terrible: que la frontera del yo
se entregue al lenguaje para engendrar una luz
que, en su blancura absoluta, sofoca los adioses.
Porque el adiós es una puerta, y tú has preferido el incendio;
prefieres la luz que recluye el sollozo
a la libertad de una puerta que se cierra para siempre.
Tus pasos ahora son una alucinación inasible.
Caminas sobre sombras que han olvidado cómo moverse,
entre saciedades rígidas, como estatuas de sal que guardan el mar.
Allí, donde las voces no son sonido, sino aleteos de pájaros oscuros,
tu soledad ya no es carencia, sino una arquitectura de versos,
una catedral de palabras donde el vacío es el único altar.
Se soltó el nudo que nos ataba a la gravedad de los días.
Caímos en ese tierno infinito, en el reverso no calculado,
donde el amor ya no es un sentimiento, sino una ley física,
un impensable imán que atrae mis versos hacia tu estrella.
Tus piernas, suspendidas en las agonías del ayer,
son ahora el mapa de un renacer lento, casi invisible.
Son los inventarios indefensos de quien lo ha perdido todo
y, en esa pérdida, ha encontrado el peso exacto de su alma.
El azar, ese verdugo ciego, extirpa los versos de tu carne
y divide tu vientre en varios ponientes.
Ya no eres un solo ocaso, sino una multiplicidad de finales
y te derramas en ciegos horizontes,
hasta convertirte, por fin, y sin querer, en el silencio mismo.
Rolando del Pozo