Habito este país sin haber firmado ningún pacto,
sin conocer sus leyes ni el nombre de sus dioses,
sin saber por qué sangra cuando la luna lo ordena
o por qué tiembla ante la proximidad de la luz.
Llevo años recorriendo estos pasillos que no elegí,
estos cuartos oscuros donde algo late sin descanso,
este sótano húmedo donde se fermentan los miedos
y este ático de huesos que cruje cuando no sueño.
Oh cuerpo, territorio de mareas y de sales,
país que no pedí y que sin embargo me acogió,
te he recorrido entero como se recorre un misterio
sin encontrar la orilla donde empieza lo que soy.
Sucede que me canso de ser este que sangra,
este que tiene hambre y frío y colecta cicatrices,
este que lleva el peso de una historia que no escribió
y amanece en un cuerpo que me queda como ropa ajena.
A veces me asomo al espejo buscando al habitante,
al verdadero dueño de esta casa que me respira,
y encuentro solamente un extraño que me mira
con los ojos de alguien que tampoco sabe quién soy.
He buscado en los mapas, en los sueños,
alguna clave antigua que descifre este territorio.
Nada. Solo el silencio de una biblioteca enorme
donde todos los libros repiten la misma página en blanco.
¿Adónde van las horas que este cuerpo vivió sin mí?
¿Quién duerme con mis manos cuando yo me he ido lejos?
¿De quién es este pulso que golpea en la inmensidad
como una puerta que nadie desde adentro va a abrir?
Quiero hacerte lo que mis versos hacen con mi voz:
obligarte a envejecer aunque no entienda todavía
de qué semilla extraña brotaste como un árbol oscuro
que da su sombra al mundo sin saber que es un árbol.
Pero este cuerpo tiene sus alianzas con la tierra,
sus tratados secretos con la sombra y con el tiempo,
y algún día, lo sé, quebrará sus dolientes discursos
y me devolverá al polvo del tiempo sin pedirme permiso.
Rolando del Pozo
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