Tú, mi doble de reflejos infinitos,
hermano de relámpago y de niebla,
¿desde qué otra dimensión del tiempo
me miras con esos ojos que fueron míos en otro espejo?
Dime, ¿dónde quedó el muchacho salvaje
que olía a manzanas y a tormenta,
el que corría descalzo por los huertos del mundo
con la boca llena de besos y de tierra?
Yo lo busco entre mis huesos,
pero tú me devuelves una imagen de sombras añejas,
un simulacro de hombre que repite, en otro laberinto,
la misma historia circular.
Me acerco.
Mi aliento empaña tu frontera como niebla sobre un mapa infinito.
Eres cruel, compañero de reflejos y de sueños,
porque me muestras el horror y la maravilla:
que tengo miedo a ser feliz,
porque la felicidad es un instante breve que se repite eternamente
y yo aprendí a perderme en los senderos que la bifurcan.
¿Quién eres tú, espejo de mi tierra y de mi olvido,
sino el otro yo, el mismo yo, el que está por existir,
el testigo que no miente porque tiene todos mis nombres
y ninguno?
Y cuando me aparto,
quedas tú, sonriendo con mis muecas lentas.
Yo me quedo con los escalofríos y los deseos,
con un poema que late en la oscuridad
esperando ser recitado en otro reflejo, con otra voz.
Rolando del Pozo
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