Esta noche hablé con el tiempo.
Tenía el olor de tu voz después de la lluvia,
la sal de los océanos que atraviesan los siglos,
y una tristeza antigua
como la de las estrellas que viajan hacia nosotros
llenas de un cielo ya extinguido.
Se sentó frente a mí,
entre un espejo y una sombra.
Entonces sentí que algo temblaba en mi sombra:
los árboles, las mareas,
las manos que amamos y perdemos,
el pan compartido sobre una mesa humilde,
las hojas que caen sin saber que obedecen
a una ley más antigua que el viento.
El tiempo abrió ante mí una mirada infinita,
pero también un jardín.
Entre sus visiones crecían rosas invisibles,
y cada alucinación guardaba un verano,
un beso olvidado,
una tarde dorada sobre la piel del mundo.
Antes de irse,
mi visitante señaló el espejo.
Vi allí a un hombre que acariciaba el tiempo,
rodeado por el rumor del mar,
por los lamentos,
por las sombras de quienes había amado.
Y comprendí que el enigma no era el tiempo.
Era esa obstinación del alma
que recoge fragmentos de eternidad
en una rosa, en una memoria,
en una mirada que persiste impoluta.
Rolando del Pozo
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