He acomodado la noche sobre la mesa
como un dolor oscuro que sabe mi nombre.
Trazo tus círculos con polvo y saliva,
con otras voces que nunca fueron mías.
Mis palabras ascienden desde la tierra,
se bifurcan:
unas imploran tus ganas, las otras titubean.
Oh fuerzas sin rostro, entren al viejo rito
como quien entra a un laberinto sin salidas.
Tus deseos se reclinan en mis memorias.
Detrás de mí se cumplen conjuros y es tarde.
Tus poses respiran como un albor infinito;
la casa recuerda todas tus voces y ninguna.
Y te ofrezco lo único que no se consume:
un amor lleno de círculos,
una sombra sembrada de símbolos,
y este deseo que insiste en volverte de luz.
Rolando del Pozo