No busco mi rostro en los espejos,
sino en la fisura que dejan tus palabras
cuando rozan con distancias mi sangre
y demandan morar en mis horizontes.
Este poema no se divide: respira.
A veces suda, otras veces murmura,
como si hubiera pasado la noche
soñando responderte con silencios.
Algo te nombra desde adentro.
No es una voz;
es una presencia familiar,
una certeza que se mueve por los versos
como el polvo por una casa desolada.
Los recuerdos arden.
Describirte es morder una sílaba
que sabe a fruta madura y a presagio,
como si el idioma supiera más de ti
de lo que se atreve a describir.
Hay pasillos que idean patios invisibles,
signos que laten como animales mansos,
y una vigilia espesa
donde lo imposible ocurre
con la tranquilidad de lo cotidiano.
Cierro las voces que te reclaman.
Pero algo queda en la habitación:
una presencia sentada en la penumbra,
segura de haber sido real,
segura de haberme leído
antes de desaparecer sin despedirse.
Rolando del Pozo
No hay comentarios:
Publicar un comentario