Este ser no sólo ocurre: arde.
Me llama desde una raíz oscura
donde el beso añeja una lenta voz
que insiste en invocar mi sangre.
No hay tiempo: hay un pulso.
Un corazón sin nombre definido
que golpea en el ayer, en la carne,
en el deseo insaciable de durar
aunque los versos se derrumben.
He amado sin saber que existo.
He amado al borde de tu mundo
con labios encendidos de ganas
como quien se aferra a un cuerpo
para no disolverse en la nada.
No hay comienzos en tus orígenes.
Hay un cuerpo devoto a tus formas,
una herida luminosa que sangra,
que canta mientras se abre en tu voz.
Al final no encuentro tus réplicas.
Hay un silencio fértil, una noche laxa
que nos nombra sin llenar adioses
como el mar nombra a la orilla:
gastándola, amándola,
haciéndola eterna en su quebranto.
Rolando del Pozo
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