Te miro,
y el espejo abre sus pétalos oscuros
como una visión que se parte al hablar.
No sé quién de los dos respira primero,
si tu aliento empuja mi propio vacío
o si soy yo quien nace de tu silencio.
Me reflejas en tus sombras llenas de sal,
con un estremecer antiguo lleno de manos,
como si hubieras viajado por mis huesos
buscando un rincón donde esconder la verdad.
“Esto eres”, murmuras,
y tu voz languidece sobre mí
como una lluvia que reconoce mis cicatrices.
Entonces se abren mis días cerrados,
como pensamientos maduros
que dejan caer sus secretos sobre el ayer.
Hablas de los caminos que viajé sin ojos,
de los besos que guardé en una caja muda,
de los instantes temblorosos
que escondí bajo la piel
para que no ardieran demasiado.
Quisiera apagar tu reflejo,
luz que palpita como un atardecer herido,
pero insistes en arderme dentro,
en alumbrar mis voces con una llama
que huele a tiempo perdido y a regreso.
Y al final comprendo:
no eres un eco remoto,
ni una versión domesticada de mi nombre.
Eres mi doble de fuego,
el que conserva la ceniza que olvidé,
el que guarda el pulso verdadero
cuando yo me duplico en el tiempo.
Por eso te dejo hablar,
aunque cada palabra tuya sea una herida lenta.
Porque sólo así descubro
que no estoy hecho de alucinaciones,
sino de las brasas vivas
que tú —reflejo inmóvil, hermano de luces—
devuelves al mundo para que yo arda.
Rolando del Pozo
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