En la esquina donde arde la noche,
ella sostiene un dolor que parece iluminar
un tiempo anterior al verso
que insiste en prolongarse desde otro siglo.
La he visto allí,
cumpliendo un destino que la eligió a ella
como el laberinto elige a su centro.
Cada paso esculpido en la vereda
es un pliegue en repetido universo,
la repetición infinita
en la que se confunden deseo y condena.
Sus llamadas resuenan
como monedas que caen en un pozo sin fondo.
Hay en ella una tristeza antigua,
una nostalgia que ha habitado la noche desde el origen.
A veces me mira,
y sus ojos parecen dos espejos gastados
donde se reflejan mis culpas.
Su oficio es un borde:
el límite entre el cuerpo y el olvido,
entre el instante y la eternidad.
Y sin embargo,
hay en su fragilidad una fuerza secreta,
la de quien conoce el silencio del mundo
y lo sostiene sin derrumbarse.
Permanece allí, en esa esquina, siempre,
como una sombra en un mapa incierto,
como si la noche misma se duplicara en ella.
Pienso entonces
que su vida es también un viejo poema,
uno escrito en una lengua rota.
Quizá, en algún otro tiempo,
ella fue otra:
y quizá esa otra versión suya
la mira ahora desde su sombra
con una compasión que no entendemos.
Rolando del Pozo
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