El futuro no es una línea:
es un círculo que me dispersa y me contiene
y del que intento escapar desde antes de nacer.
Sé que en alguna voz —tal vez ahora, tal vez nunca—
hay una versión de mí que lee estos versos
y sospecha que los escribió en otro sueño,
en otro orden del tiempo,
como quien encuentra su propia sombra
firmada por un desconocido.
El porvenir me observa desde un cristal sin voz.
No refleja mi rostro:
refleja lo que podría ser
si alguna vez pronunciara los presentes correctos,
esos que abren puertas en pasillos infinitos
donde cada elección se bifurca
y engendra un nuevo amanecer.
He caminado sus corredores silenciosos
y he descubierto que no avanzan:
se repiten.
Todo destino es un laberinto
que finge ser camino.
Todo camino sabe que me miente.
Aun así, el futuro insiste en convocarme.
A veces se presenta como un libro cerrado
cuyo título cambia cada vez que lo miro;
otras, como el eco de una imagen
que luce mis manos que ahora tiemblan.
Quizás el tiempo es sólo esto:
la distancia entre mis delirios y mi memoria.
Quizás todo ya ocurrió
y cada instante es un pasado que se repite al infinito.
Y, sin embargo, sigo andando,
como quien busca la salida
sabiendo que la salida es también una entrada,
y que en alguna esquina del porvenir
me espera mi propio comienzo, paciente,
eterno, escribiéndome.
Rolando del Pozo
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