jueves, diciembre 25, 2025

Lucidez intermitente

La memoria se retira sin hacer ruido,

como un huésped que deja su corazón

sobre la mesa anticuada de la alborada.

Nada en este espacio se rompe:

se desdibuja lo que fui en el espejo

y cada memoria cree ser la primera

en esta casa donde siempre es lunes.

 

Las palabras regresan cansadas,

con olor a café recalentado y a lluvia vieja.

Regresan las lánguidas imágenes

y alguien abre una ventana en otra década,

porque aquí el hoy no obedece al calendario.

 

Hay pasillos que antes daban al sol,

ahora se multiplican como espejos cansados.

Un rostro se apaga lentamente y recuerda:

cómo amar a ciegas, cómo sentarse a esperar

aunque nadie llegue al final de la tarde.

 

El tiempo permanece en las miradas,

en los relojes detenidos a las tres y cuarto,

en la fotografía amarilla y vieja

donde los retratados siguen jóvenes,

mirándome desde un día que no termina.

 

No es el olvido lo que más duele,

sino esta lucidez intermitente,

esta conciencia de estar perdiéndose

como quien observa una lluvia interminable

esperando que alguien recuerde quien fui.

 

Rolando del Pozo

 

lunes, diciembre 22, 2025

Ausencia

Te fuiste y tu voz persistió en mi memoria

como una luz que sólo existe en sueños.

Las sábanas conservaron tu calor

—esa forma ilegible del infinito—

y el patio, antiguo como un mito doméstico,

abrió su boca de tierra para ignorar tu ausencia.

 

Afirmabas que el tiempo es un engaño heredado,

un círculo que se vuelve una línea sin finales,

una voz que se vuelve un verbo ajustado a tu boca.

 

Y este amor que no es memoria ni deseo,

guarda las secretas repeticiones del destino,

los gestos que alguien ya ha cumplido

en otra vida, en otro siglo, en otro universo

con la misma certeza y la misma pérdida.

 

Desde entonces tus signos me vigilan.

Los espejos me devuelven un rostro que te busca,

los relojes repiten una hora que no avanza,

y yo permanezco aquí, condenado y elegido

a custodiar esta ausencia

que acaso eres tú, o acaso soy yo, soñándote.

 

Rolando del Pozo

viernes, diciembre 19, 2025

Cartas de la noche

Hay una voz que late impaciente en mi sangre

como un corazón enterrado en los recuerdos.

Me llama desde un punto impreciso del tiempo,

donde todos los regresos ya han acontecido.


Sus llamados son preguntas divididas en luces

y sus ecos, respuestas que han elegido callar.


He venido a buscar lo que perdí en mis vacíos:

la palabra original que abre pétalos de viento,

un amor que no necesita diversas ilusiones,

la llave que abre el sueño y también lo clausura.


Y mis ojos, cansados de repetirse en brumas,

me regresan tu nombre hecho de luz y versos.


La noche reparte sus cartas llenas de ruegos.

Leo mi destino en sus signos gastados:

ser raíz de pausas, ser laberinto de ilusiones,

ser la voz que insiste en negar las respuestas.


Y sigo, con esta luz oscura entre las manos,

acariciando el tiempo de un libro interminable,

sabiendo que al final no habrá revelaciones,

sólo la certeza —terrible y serena—

de haber sido un sueño en tus repetidas voces.


Rolando del Pozo

domingo, diciembre 14, 2025

Puerta sin espacio

No escribo:

alguien dicta voces desde el reverso del sueño,

desde una boca encerrada en un añejo tiempo

donde las palabras todavía trepidan desnudas.

 

Las horas se pliegan como piel llena de ganas.

Una puerta sin espacio, engendra otra puerta

y el aire huele a destino, a amores encendidos.

 

Hay un punto donde tus círculos se multiplican.

Allí dejé tu voz ardiendo en su propia memoria,

en un cuerpo que sangra en los filos del mundo.

 

Tus dioses no crearon este mundo:

lo besaron largamente hasta partirlo en voces.

Todo es la secuela de ese trauma: cenizas vivas.

 

Y si este poema cesa, germina en luces diversas.

Si continúa, quema signos que abrieron visiones.

La verdad sucede en el estertor oscuro de la tierra

cuando nadie la mira y el amor revive tus nombres.

 

Rolando del Pozo

viernes, diciembre 05, 2025

Bordes del ayer

Soy el que vuelve desde los bordes del ayer,

el que recoge en sus manos los ecos yermos

y los ordena como quien arregla una añeja voz.

Hay signos y huellas que no saben morir:

el murmullo de una alianza rota antes del alba,

el hálito del tiempo que me vuelve disperso.

 

He visto el revés de mis horas:

un círculo donde mi nombre se extravía,

y un animal habituado a memorias ajenas

royendo las sílabas que dejé caer en la huida.

 

Pero aún así camino, sin rumbo fijo,

como si la noche fuera una puerta entreabierta.

Llevo conmigo la astilla de una revelación incompleta,

una estrella que no aprendió a dominar sus bríos

y que sin embargo ilumina nuestros silencios.

 

Y en ese iluminado silencio, amor,

brotas como un fruto oscuro y tibio,

palpitando en la pausa de mis manos abiertas.

Tus sombras caen sobre mis malestares

como un vino derramado que enciende la tierra;

y yo bebo sin pausas —sin medida—

tu aliento que me llama desde lo profundo,

tu luz que me acosa con la fuerza de lo inevitable.

 

Si alguna vez me buscas,

búscame donde la sombra conversa con lo imposible.

Porque yo soy —todavía—

el viajero que escribe en el aire de los ausentes

y la fábula interminable de su propia resurrección.

 

Rolando del Pozo