Ella vive consumando su inalterable destino.

Sabía de los invisibles paraísos prometidos
y de un cielo brotando en una inmutable realidad.

Sabía de las fisuras del alma donde florecen los manzanos
y de las condenas que aguardan en agónicos pensamientos.

Ella vive asumiendo la postura de quien olvida,
que en los días se depositan los sabores del mundo,
que la muerte es una sobrenatural conjetura
en la profundidad de un despintado sueño.

Sabía del inmortal anochecer en los cuadros de la sala,
de angustias instantáneas y de las sombras en mi mirada.

Ella vive encerrada en los vuelos de un pájaro nocturno,
en una piel oscura de arquitectura distante y limitada.

Ella vive consumiendo mis letras a la espera de ser liberada,
como si en algún silencio o ventana estuviera la respuesta.

Ella vive asimilando las fronteras que la separan del olvido,
sin recordar que su vida se repite, en cada verso de esta poesía.


Rolando del Pozo