A veces creo que el bien nació del mal,
como una brasa ardiendo en la última noche,
como una voz tibia que brota del ardor.
Tal vez surgió en un pliegue del tiempo,
donde la sombra guarda su cofre de causas perdidas,
y un designio antiguo —más vasto que el horizonte—
torció la senda de lo oscuro
hasta convertirlo en el fruto inesperado de luz.
Nada permanece entero:
ni el puñal, ni la mano,
ni la memoria del que sueña,
ni el cuerpo del soñado.
Todo se mueve en el alito profundo del universo,
una marea que asciende y desciende
trayendo a la orilla sus metamorfosis,
su sal, su latido inevitable.
He visto al mal desdoblarse,
abrir su geometría secreta
y revelar una llama pequeña,
dócil como el pulso de un recién nacido.
He visto al bien desvanecerse en el aire,
deshecho como el polen que se va
sin recordar de qué árbol vino.
La vida avanza como un sueño que madura,
como una fruta que se enciende lentamente,
mientras caminamos dentro de ella
respirando su fragancia incierta.
El mal se pliega sobre sí
y se transmuta,
como la noche que se vuelve amanecer
aunque no lo anuncie ninguna sombra.
Y yo,
extraviado en la frontera donde ambos respiran,
avanzo con el pecho abierto,
sabiendo que esta vida es un eco,
un soplo que atraviesa la tierra
y se enciende como un secreto interminable
donde todo final se abre, silencioso,
hacia otro principio vestido de oscuridades.
Rolando del Pozo
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